sábado, 7 de julio de 2012

La historia del amor sin sal.

Los árboles gritaban,
el aire susurraba,
y yo, sentado en mi silla,
esperaba, esperaba.

Estaba tranquilo, en paz,
pero su mero pensamiento
me hacía temblar, no miento.

Miraba perdido al horizonte,
y un tiempo que no tenía,
sin saberlo, lo perdía.

Mi mente me decía:
"puedes, confía".
Mi corazón cuchicheaba:
"hacerlo tendrías".

Aún recordaba a mi amiga
diciéndome (que no te extrañe):
"que la Fuerza te acompañe".

Todo, sí, se había calmado,
y aunque el peligro resisitía
las preocupaciones se morían.

Pero todo murió,
sin trampa ni cartón,
nada que ganar, ya,
nada que perder, no.

El billete era sólo de ida.
No hubo caricias clandestinas,
ni un beso de despedida.

Qué mas escribir, ahora,
que miro tus fotos cada hora,
que te escribo poesía cada día,
que tu mirada se fue en ese autobús.


3: